Las métricas también pueden hacer que una empresa tome peores decisiones

Hace algunas décadas, las empresas tomaban demasiadas decisiones por intuición.

Hoy ocurre, en muchos casos, el problema contrario.

Nunca hubo tantos datos disponibles.

Paneles en tiempo real.

KPIs para cada área.

Dashboards interactivos.

Informes automáticos.

La promesa parece irresistible: si todo puede medirse, todo puede gestionarse mejor.

Pero esa idea tiene una debilidad.

No todo lo importante puede medirse con facilidad.

Y no todo lo que puede medirse merece convertirse en un objetivo.

Entre esas dos afirmaciones aparece una de las trampas más frecuentes del management moderno.

Las organizaciones empiezan utilizando las métricas para comprender el negocio.

Con el tiempo, terminan administrando las métricas en lugar del negocio.

Cuando el indicador deja de medir y empieza a dirigir

En 1975, el economista Charles Goodhart formuló una idea que terminó convirtiéndose en una de las leyes más citadas de la economía y la gestión:

“Cuando una medida se convierte en un objetivo, deja de ser una buena medida.”

La lógica es sencilla.

Mientras un indicador sirve para observar un fenómeno, suele reflejar razonablemente la realidad.

Pero cuando ese mismo indicador determina premios, presupuestos, bonos o evaluaciones de desempeño, las personas empiezan a adaptar su comportamiento para mejorar el número.

No necesariamente para mejorar el resultado.

Es una diferencia enorme.

Porque una empresa puede mostrar mejores indicadores mientras su desempeño real empeora.

El problema nunca fue Excel

Imaginemos un equipo comercial cuyo principal KPI es la cantidad de reuniones realizadas.

Al principio parece un buen indicador.

Más reuniones suelen significar más oportunidades.

Pero al cabo de unos meses sucede algo curioso.

Los vendedores comienzan a agendar reuniones que difícilmente prosperarán.

Aceptan encuentros poco relevantes.

Priorizan cantidad sobre calidad.

El KPI mejora.

Las ventas no.

Lo mismo ocurre cuando un centro de atención mide exclusivamente el tiempo promedio de cada llamada.

Los operadores aprenden rápidamente que resolver rápido es más importante que resolver bien.

Las llamadas duran menos.

Los clientes vuelven a llamar.

El indicador mejora.

La experiencia empeora.

El problema no es la métrica.

El problema es creer que la métrica representa toda la realidad.

Lo importante casi nunca cabe en un tablero

Las empresas miden ingresos, rentabilidad, tiempos, productividad y conversión.

Todo eso es necesario.

Pero pensemos en algunos de los activos más valiosos de una organización.

La confianza de un cliente.

La capacidad de un equipo para colaborar.

La reputación construida durante años.

La creatividad.

El criterio para tomar decisiones difíciles.

La calidad de una conversación con un proveedor estratégico.

Todos influyen directamente sobre el negocio.

Sin embargo, ninguno puede resumirse fácilmente en un gráfico.

Jerry Muller, en The Tyranny of Metrics, sostiene que una de las mayores confusiones del management contemporáneo consiste en asumir que aquello que resulta difícil de medir tiene menos valor.

En realidad, muchas veces ocurre exactamente lo contrario.

El riesgo de optimizar una parte y perjudicar el conjunto

Una empresa puede mejorar cada indicador individual y, aun así, empeorar como sistema.

  • Marketing aumenta la cantidad de leads.
  • Ventas incrementa la cantidad de contactos.
  • Atención al cliente reduce el tiempo de respuesta.
  • Finanzas disminuye costos.

Cada área cumple sus objetivos.

Sin embargo, el cliente percibe una experiencia peor.

¿Por qué?

Porque cada equipo optimizó su propia métrica sin preguntarse cómo afectaba al sistema completo.

Russell Ackoff advertía que mejorar cada componente de un sistema por separado no garantiza mejorar el sistema en su conjunto.

En algunos casos, incluso puede deteriorarlo.

La obsesión por los indicadores suele producir exactamente ese efecto.

Equipos que trabajan para ganar su tablero.

No para mejorar la empresa.

Las métricas siguen siendo indispensables

Nada de esto significa que las empresas deban dejar de medir.

Sería un error.

Las organizaciones que no utilizan información terminan gestionando a ciegas.

El problema aparece cuando olvidan que una métrica es una representación simplificada de la realidad.

No la realidad misma.

Los mejores líderes utilizan indicadores para formular preguntas.

No para reemplazar el juicio.

Entienden que un dashboard puede señalar un problema.

Pero nunca explicarlo completamente.

Medir para comprender, no para obedecer

Quizás el verdadero desafío del management moderno no sea conseguir más datos.

Sea desarrollar el criterio suficiente para interpretar cuáles realmente importan.

Porque una empresa puede rodearse de dashboards, automatizaciones y reportes.

Y aun así, tomar decisiones equivocadas.

No por falta de información.

Sino por haber confundido el mapa con el territorio.

Las métricas son extraordinariamente útiles.

Siempre que recordemos que fueron creadas para ayudarnos a entender el negocio.

No para reemplazarlo.

En Veintidós utilizamos datos, analítica y tecnología para mejorar decisiones, pero entendemos que ningún dashboard reemplaza la comprensión del negocio. La ventaja aparece cuando los indicadores se integran a una estrategia, no cuando la estrategia termina subordinada a los indicadores.

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