Cuando crecer empieza a perjudicar a una empresa

Crecer suele interpretarse como una señal inequívoca de progreso. Más clientes, más empleados, más productos, más mercados, más tecnología. Desde afuera, todo indica que la empresa avanza.

Pero existe una contradicción que los indicadores de crecimiento no siempre muestran: mientras el negocio se expande, también puede aumentar el esfuerzo necesario para hacerlo funcionar.

Una venta que antes requería tres pasos ahora necesita siete. Una decisión que resolvían dos personas empieza a pasar por cinco. Un nuevo cliente obliga a coordinar más áreas. Una herramienta incorporada para resolver un problema necesita conectarse con otras cuatro.

La empresa factura más, pero cada nueva etapa exige una estructura progresivamente más difícil de sostener.

Así aparece una paradoja poco discutida: una empresa puede crecer económicamente mientras se deteriora operativamente.

Y durante bastante tiempo, ambas cosas pueden suceder al mismo tiempo sin que nadie lo note.

Crecer no solo agrega tamaño. Multiplica conexiones.

Imaginemos una empresa pequeña. Tiene pocos productos, un equipo reducido y una cantidad limitada de clientes. La comunicación es directa, las responsabilidades están claras y muchas decisiones pueden resolverse rápidamente.

La empresa empieza a crecer.

Contrata personas, incorpora canales comerciales, suma productos, implementa un CRM, después un ERP, nuevas plataformas de atención, herramientas de análisis y automatizaciones.

Cada decisión puede tener sentido individualmente.

El problema aparece en las conexiones.

Un nuevo producto no agrega solamente un producto: necesita pricing, comunicación, stock, capacitación comercial, soporte, métricas y responsables.

Una nueva herramienta no agrega solamente una herramienta: necesita datos, integraciones, permisos, mantenimiento y personas que sepan utilizarla.

Por eso la complejidad no necesariamente crece al mismo ritmo que la empresa.

A medida que aumenta la cantidad de elementos, también aumentan las relaciones que deben gestionarse entre ellos. Marketing necesita información de ventas. Ventas depende de operaciones. Operaciones necesita datos de administración. Aparecen validaciones, reuniones, reportes y seguimientos.

Poco a poco surge una categoría de trabajo que antes casi no existía:

trabajo necesario para coordinar el trabajo.

Bain ha estudiado este fenómeno como parte de la paradoja del crecimiento: una empresa incorpora estructura para poder expandirse, pero la complejidad generada por esa expansión puede terminar debilitando su capacidad para seguir creciendo.

El problema no es crecer.

Es permitir que la complejidad crezca más rápido que el valor que genera la empresa.

La complejidad no siempre es el enemigo

Una empresa grande inevitablemente será más compleja que una pequeña.

Operar en varios mercados, gestionar distintos productos, atender millones de clientes o cumplir regulaciones requiere estructuras que una organización pequeña simplemente no necesita.

Por eso simplificar no significa eliminar toda complejidad.

La pregunta importante es otra:

¿Qué complejidad realmente crea valor?

McKinsey distingue entre la complejidad necesaria para competir y aquella que simplemente se acumula dentro de las organizaciones.

Un portafolio amplio puede tener sentido si responde a necesidades diferentes de los clientes. Un proceso de aprobación puede ser indispensable cuando existe un riesgo significativo. Una estructura especializada puede ser necesaria para operar en mercados distintos.

Pero también existe otra complejidad.

  • Reportes que nadie utiliza.
  • Datos cargados varias veces.
  • Aprobaciones heredadas de problemas que ya no existen.
  • Herramientas que resuelven funciones similares.
  • Reuniones creadas para coordinar procesos mal diseñados.
  • Excepciones que con el tiempo se convierten en reglas.
  • Ninguna parece especialmente grave de manera aislada.

Ese es precisamente el problema.

La complejidad rara vez aparece como una gran crisis. Se acumula mediante cientos de pequeñas decisiones razonables.

Y sus costos tampoco aparecen claramente en un balance.

Se manifiestan en horas perdidas, decisiones demoradas, errores, oportunidades que llegan tarde y equipos que dedican cada vez más energía a administrar la propia organización.

Los buenos resultados pueden ocultar una empresa que funciona peor

Esta es quizá la parte más peligrosa.

Una empresa puede seguir aumentando sus ingresos mientras su estructura pierde eficiencia.

Si existe demanda, una marca fuerte o un mercado favorable, el crecimiento puede compensar durante años el deterioro interno.

Entonces aparece una conclusión engañosa:

“Si seguimos creciendo, el modelo funciona.”

No necesariamente.

Puede significar que los ingresos todavía crecen más rápido que los problemas.

Por eso mirar únicamente la facturación ofrece una imagen incompleta.

Una pregunta más reveladora sería:

¿Cuánto esfuerzo adicional necesita la empresa para producir cada nueva unidad de crecimiento?

Si cada nuevo cliente exige más excepciones, más coordinación y más intervención manual; si duplicar ventas obliga prácticamente a duplicar estructura; si cada nueva etapa hace que las decisiones sean más lentas, probablemente la empresa esté creciendo sin escalar.

Y ambas cosas no son iguales.

Escalar significa aumentar la capacidad del sistema sin aumentar proporcionalmente su complejidad.

Eso explica por qué dos empresas con una facturación similar pueden funcionar de maneras completamente diferentes.

Una depende de un esfuerzo constante para mantener todo en movimiento.

La otra construyó procesos, tecnología, datos y sistemas capaces de absorber parte del crecimiento.

La diferencia no está únicamente en cuánto venden.

Está en cuánto cuesta estructuralmente seguir vendiendo más.

Agregar no siempre es solucionar

Cuando aparece un problema dentro de una organización, la reacción habitual es agregar algo.

  • Falta información: un nuevo reporte.
  • Hay errores: otra aprobación.
  • Falta coordinación: una reunión.
  • Un proceso es lento: una herramienta.
  • Existe riesgo: un nuevo control.

Cada solución parece lógica.

Pero cada solución también agrega una capa.

La tecnología es un buen ejemplo.

Una empresa puede incorporar una plataforma para resolver un problema específico y obtener una mejora inmediata. Después aparece otra necesidad y suma otra solución. Cinco años más tarde tiene decenas de herramientas, información fragmentada y equipos trabajando sobre distintas versiones de los mismos datos.

La digitalización solucionó problemas locales, pero creó un problema sistémico.

La teoría de sistemas lleva décadas señalando algo fundamental: optimizar cada parte por separado no garantiza mejorar el conjunto.

Marketing puede optimizar su operación.

Ventas también.

Administración también.

Y aun así, el recorrido completo puede seguir siendo lento si las conexiones entre esas áreas funcionan mal.

Por eso Yves Morieux, de BCG, plantea una idea especialmente relevante frente a organizaciones cada vez más complicadas: antes de agregar nuevas estructuras para gestionar la complejidad, conviene preguntarse qué puede eliminarse.

No significa hacer menos por comodidad.

Significa dejar de financiar complejidad que ya no genera suficiente valor.

La señal más clara: cuando la empresa empieza a administrarse a sí misma

No hace falta esperar una caída de rentabilidad para detectar el problema.

Hay señales anteriores.

Una decisión simple necesita cada vez más personas. Nadie puede explicar exactamente por qué existe determinado proceso. Los equipos crean planillas paralelas porque no confían en los sistemas oficiales. Dos áreas utilizan datos diferentes para responder la misma pregunta. Cada nuevo cliente genera excepciones. Los líderes dedican más tiempo a coordinar internamente que a pensar en clientes, mercado o producto.

Por separado pueden parecer problemas operativos menores.

Juntos muestran algo más profundo:

la organización está gastando una proporción creciente de su energía en administrarse a sí misma.

Ese es uno de los límites menos visibles del crecimiento.

Y también explica por qué automatizar no siempre alcanza.

Automatizar un proceso innecesariamente complejo puede hacerlo más rápido, pero no necesariamente mejor.

Digitalizar una estructura mal diseñada puede simplemente convertirla en una estructura mal diseñada más tecnológica.

La pregunta debería aparecer antes:

¿Este proceso necesita optimizarse o debería replantearse?

Crecer bien también significa saber qué no debe crecer

Toda empresa que crece genera cierta complejidad. Es inevitable.

Lo que no debería ser inevitable es que cada nueva etapa traiga proporcionalmente más reuniones, aprobaciones, herramientas, tareas manuales y puntos de fricción.

Por eso quizás una de las preguntas más importantes para una empresa que está creciendo no sea:

“¿Qué necesitamos agregar para llegar al siguiente nivel?”

Sino:

“¿Qué no debería crecer junto con nosotros?”

La cantidad de pasos necesarios para atender un cliente.

El tiempo para tomar una decisión.

La dependencia de personas específicas.

Los sistemas desconectados.

Las tareas repetitivas.

Las capas de aprobación.

Una empresa verdaderamente escalable no es simplemente aquella que puede hacerse más grande.

Es aquella capaz de crecer sin volverse proporcionalmente más pesada.

Y quizá esa sea una forma más precisa de medir la calidad del crecimiento.

No preguntar solamente cuánto más factura una organización.

Preguntar si, después de crecer, también aprendió a funcionar mejor.


En Veintidós entendemos la transformación digital como algo más profundo que incorporar herramientas. Implica conectar procesos, tecnología, datos y decisiones para construir sistemas capaces de crecer sin multiplicar innecesariamente su complejidad.

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